La mala fama.

La mala fama es como la estupidez y la calvicie masculina: vitalicia. Cuando el sambenito cae sobre su víctima no hay aguarrás que disipe esa sombra.

En tu momento más alto vendrá el diablo a visitarte.
Denzel Washington a Will Smith, 27/03/2022

Se levantaba cada día a las tres y media para ir a trabajar, por lo que habría sido lógico que en el barrio le llamasen Manolo el madrugador; pero no. Horneaba pan y a las ocho y media en punto sacaba el pan a despacho, por lo que podían haberlo llamado Manolo el panadero; pero tampoco. De lunes a sábado permanecía en su puesto hasta las tres de la tarde, sin haber faltado un solo día durante treinta años, atendiendo siempre a los vecinos con amabilidad y eficiencia, por lo que habría sido razonable que lo conociesen por el sobrenombre de Manolo el puntual, o Manolo el trabajador; pero ni caso. No soportaba ver a familias necesitadas sin su bendito pan de cada día, y si era preciso les daba el pan aunque no tuviesen dinero con que pagarlo, por lo que, naturalmente, podían haberlo llamado Manolo el bondadoso, o Manolo el solidario; ni por esas. Pero, atención: hace veinticinco años, unos juerguistas del barrio entraron en un club de alterne y allí descubrieron a Manolo en buena compañía, por lo que todo el barrio, desde entonces, lo señala con el cariñoso apelativo de Manolo el putero.

La mala fama es como la estupidez y la calvicie masculina: vitalicia. Cuando el sambenito cae sobre su víctima no hay aguarrás que disipe esa sombra. Hemos tenido durante las últimas semanas un ejemplo perfecto de ello, de cómo reacciona el público en su mayoría cuando los generadores de contenidos mediáticos deciden que a la abeja de la información debe unirse la avispa de la opinión, con opciones legítimas de linchamiento. Me refiero, evidentemente, a la media hostia que arreó Will Smith al cómico de los premios Óscar que hacía chistes sobre la calva de su esposa. El actor ya ha tenido tiempo para asomarse al abismo y comprender —imagino el trago— que su carrera cinematográfica se ha ido por la borda. Para siempre y sin remedio. A partir de esa bofetada, haga lo que haga, diga lo que diga, interprete el papel que sea, intervenga como presentador de un documental o como actor de doblaje, todo el mundo va a recordarle por aquel suceso. La gente, las buenas gentes que pueblan este mundo, consumen violencia, depravación y crueldad en cantidades obscenas, sin el menor reparo moral, siempre y cuando esas lacras se desarrollen en un ámbito de ficción o antropológicamente justificado. Pero en la realidad no admiten un sopapo a destiempo y sin mayores daños que el picor de oído que sin duda sufrió el cómico durante un par de minutos. En el mundo de lo real puede justificarse una guerra con miles de cadáveres en el campo de operaciones, una dictadura con millones de víctimas sometidas a la miseria, el hambre y el terror; se justifican actos éticamente radicales —no entro a juzgarlos, Dios me libre— como el aborto voluntario, la eutanasia y la pena de muerte. Pero una bofetada no se perdona ni se olvida. ¿Por qué? Porque no.

También evidente: otro debate habríamos tenido si Will Smith, afroamericano él, hubiese abofeteado a un cómico blanquito y en defensa de su esposa negra, o sea, también afroamericana: reacción comprensible, bastantes humillaciones han padecido los y las afroamericanos y afroamericanas para que venga un representante del privilegio blanco a ahondar en la llaga; o si Will Smith —es un suponer— hubiese sido blanco anglohúngaro, su esposa igual de paliducha y el cómico negro como el lomo un somormujo: inaceptable uso de violencia blanca contra la libertad de expresión de un hombre afroamericano; Will Smith estaría en la cárcel, seguro, las calles de los Ángeles habrían ardido en protesta por aquella vileza, contra el racismo, black faces matter, etcétera.

Predican y soflaman los biempensantes contra la violencia, algunos incluso añaden lo necesario de un debate sobre los límites del humor, pero ninguno repara —y si ha reparado se lo ha callado— en que la violencia y la mala bilis de la comicidad dependen de quién juegue la partida y qué cartas lleve de mano. La desgracia de Will Smith, en este caso, es su condición racializada, al igual que la de su mujer y la del cómico tocapelotas; no hay elementos disruptivos que quiebren el discurso dogmático, no hay matices ni circunstancias atenuantes. No hay nadie más a quien echar la culpa: un blancucho hijoputa, un policía, un jurado popular, una corporación financiera, la sociedad que es muy mala… Nada, nadie va a pagar el pato y, puestos a frases hechas, no hay a quien cargarle el muerto. O sea, que Will Smith está jodido. Para toda la vida.

La violencia nunca es justificable —excepto cuando la pueden justificar quienes la consideran injustificable— y el humor no puede ser pretexto para humillar a otras personas y reírse de sus desgracias. Pero más cierto es todavía que en este bullicio mediático que se ha organizado a cuenta de la media hostia, nadie se ha atrevido a pulsar el botón que de verdad corresponde y viene al caso, y sugerir una sana polémica sobre la cuestión profunda, lo que cualquier político llamaría el asunto de fondo: por qué a los seres humanos nos encanta juzgar a los demás y encima somos tan chungos. Tan insinceros y meapilas, tan incoherentes y tan chungos. 

Autor: José Vicente Pascual 
© Posmodernia

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